Sería fácil para la historia el obviar, a partir de lo
sucedido en el bar-cafetería, cómo Elangel Pulois y el monstruoso Jones
llegaron a intimar lo suficiente como para aliarse juntos como investigadores
personales. Pero nada más lejos de lo que pretende el autor. Porque, por lo
demás, lo que les sucedió a ambos personajes no desmerece el tiempo que lleva
redactarlo, y ni mucho menos leerlo. De modo, que, siguiendo donde terminaba la
parte anterior, esto es lo que sucedió:
Enseguida, el vagabundo
desconocido que era entonces el resuelto Jones se acercó al detective pateado y
le ayudó a incorporarse, cogiéndole por debajo de un hombro con una sola de sus
grandes manos vendadas y alzándole con todos sus miembros colgando inertes, como
una marioneta de hilos cortados. Lo tuvo que zarandear un poco para que Nasser
reaccionara y se dignara a hacer el esfuerzo de mantenerse en pie por sí solo.
—Joder, amigo —le estaba diciendo
el cocinero en ese momento—. Más te vale que te largues de aquí cuanto antes, y
te escondas. Éstos no son de dejar estar las cosas, ¡llamarán a más policías!
—Si es que a eso se le puede
llamar policías... —añadió nerviosa la camarera.
— ¡Debéis iros, los dos!
¡Elangel, tío, te quieren matar y tú haciendo el gilipollas, borracho por ahí!
—Que me maten de una vez...
—protestaba Nasser, acercándose a la barra y encontrando allí su vaso, que
seguía vacío. Lo cogió y lo manoseó un poco antes de volver a posarlo—. Aquí da
igual lo que se haga, vale más que me maten, ¡que me maten de una puta vez!
Algunos de los clientes que
tomaban café o algún desayuno se apresuraron a dejar dinero de sobra en la
barra por lo pedido, e incluso uno se largó corriendo sin terminar su comida,
tan pronto como se habían ido los agentes. Los que quedaban miraban a Elangel
Pulois, admiraban, por decir algo, su despechado clamor, sus gritos
desesperados a la nada.
Nasser se sentía frustrado como
pocas veces en su vida y, con el alcohol añadido, el sentido de
autopreservación había desaparecido completamente, así que no hablaba por
hablar. Su trabajo consistía fundamentalmente en investigar a miserables para
otros miserables, o en reclamar dinero a quien no podía pagarlo, o en dar
palizas... No eran la clase de casos que deseaba como detective privado, pero
tampoco había otra cosa en esa ciudad. Y para una vez que, sin mediar dinero de
por medio, intentaba involucrarse en algo relevante, de cierta catadura moral,
algo que, pensaba él, pudiera usarse como revulsivo contra la corrupción, al
menos, dentro de la policía... se quedaba solo. Y lo peor era que no podía
culpar a nadie, porque Sally, hasta el momento de sus agresiones, había estado
tan sola como él, y desde luego que había aguantado mucho más, y había acabado
mucho peor... Sólo le quedaba ir más allá, y que lo mataran de una vez, por
empeñarse en hundir los brazos entre ese enorme montón de zurullos de que
estaba formado el pedazo de mierda que era la corrupta administración de la
ciudad.
— ¿Pero por qué te metes con lo
de la tía esa? —Le recriminaba su amigo, el cocinero, acercándosele desde
detrás de la barra y dándole meneos a una de sus mangas—. ¿No te basta con
liarte a palos día sí día no con los putos yonkis, que encima te buscas líos
con la policía?
—A lo mejor es porque la mitad de
esos polis son también yonkis y ya no sé quién es quién... —dijo entonces
Nasser, y se volvió para tambalearse hacia la salida.
Y ya estaba en la puerta, y la
abrió de par en par, pero en lugar de irse, miró al vagabundo que le había
ayudado, que se había acercado de nuevo a la barra para recuperar su café.
— ¿Qué, compañero? —Se le dirigió
el detective, con voz pastosa—. ¿Te vas a quedar ahí, a que vengan a darte una
paliza cinco o quince energúmenos?
—Estoy cansado de correr —explicó
sencillamente, antes de dejar caer el resto de su bebida hacia el gaznate.
Nasser no estaba en el mejor
estado para realizar exámenes visuales, pero la manera de verter el café hacia
su boca, como si en un cubo lo estuviera tirando, le pareció cuando menos
curiosa, y se preguntó un momento si ese hombre no estaría loco. Bueno, de
hecho se lo preguntó también a él:
—Oye, tío, ¿estás loco?
—Tenéis que iros... ¡los dos!
—Apremió el cocinero al vagabundo, alargándole en un bulto cerrado de papel de
aluminio los dos filetes recién hechos, antes ofrecidos—. Os querrán llevar a
otro lado, de todas formas, y yo no quiero problemas; no aquí, por favor.
—Lo comprendo —rugió lentamente
el gigante, y guardándose el bulto de comida en un bolsillo de su gastado y
sucio pantalón de deporte, se encaminó hacia la salida.
Algunos de los clientes que ya
querían irse decidieron esperar a que tanto el detective ebrio como el
terrorífico vagabundo desaparecieran por a saber qué lado de la calle, y
observaron con cierta inquietud cómo la puerta de cristal volvía a cerrarse por
sí sola y los dos hombres se fundían con la oscuridad.
—Los van a matar. Al menos al
detective. Él es fácil de encontrar —dijo la camarera con tristeza.
—Ya... ¿y a quién quieres que
llamemos para evitarlo? —Le replicó fastidiado el cocinero—. Elangel ha ido
perdiendo el norte, estos años. ¿Cómo evitas que maten a un tipo que busca que
le maten?
Nasser acertó a dar unos quince
pasos medianamente rectos y enseguida se escoró lentamente hacia unos cubos de
basura que guardaban como soldados la boca que daba a un oscuro callejón. Dio
con uno de sus zapatos un involuntario puntapié a uno de ellos, tropezó y tras
ejecutar una suerte de paso de claqué, perdió el equilibrio y se golpeó el
antebrazo derecho contra la esquina del edificio, al protegerse la cara de la
caída.
—Ay —dijo con toda claridad, pero
en un tono neutro, como si no le doliera.
El vagabundo dirigió las bolsas
de basura que tenía anudadas con cordeles a los tobillos, como improvisados
zapatos impermeables, hacia él, pero salpicándole hasta la cintura al pisar con
prisa el charco a su lado.
— ¡Eh, que no es la hora de la
ducha! —Se quejó Nasser extendiendo la mano izquierda hacia el suelo, pero
riéndose de la gracia de su desgracia.
— Deja que te ayude, hombre —se
le ofreció el vagabundo, cerniendo hacia él esa oscuridad inescrutable bajo su
sombrero, por un momento, al inclinarse ligeramente para ayudarle a ponerse en
pie.
De nuevo su voz, tan cercano su
origen, hizo que le bailaran los tímpanos a sones mucho más frecuentes que el
del sonido de las meras palabras, y notó que los fluidos dentro de su cabeza
también vibraban. Nasser parpadeó varias veces, molesto por la sensación, que
le daba ganas de hacer rechinar los dientes.
De pronto una luz desde más allá
de las espaldas del gigante le llevó un nuevo dolor a sus ojos. Enseguida se
apartó para cubrirse del brillo con la sombra del amable vagabundo, pero al
tiempo que se empezaron a producir petardazos secos que retumbaron a lo largo
del callejón ante el que se encontraban. El gigante cayó sobre Nasser, sacudido
por los disparos, mientras los agentes Thanky y Turkin avanzaban desde ambos
lados del morro de su coche patrulla, a pie, sin dejar de dispararles. Vaciaron
sus revólveres, Thanky incluso hizo chasquear su arma vacía tres veces de más,
llevado por el miedo, que no por la ira o la sed de sangre que sí dominaban a
su compañero; sólo que éste se apresuró a descargar los casquillos vacíos del
tambor para meter de una vez seis nuevos usando un cargador rápido. Luego, se
adelantó un paso más, con prudencia, mientras Thanky movía el foco de luz, a un
lado del morro del coche, alrededor del enorme cuerpo inmóvil del mendigo.
— ¡Elangel! ¡Maldito capullo, si
estás vivo no te muevas, hijo de la gran puta! —Ordenaba el agente Turkin,
dando otro paso, inseguro—. ¡Y no saques ese bonito calibre 45 tuyo! ¡Te volaré
los sesos antes siquiera de que puedas amartillarlo, borracho de mierda! ¡Ya
vienen los demás!
Realmente Elangel Pulois no
estaba para proezas. El mendigo había caído sobre él con toda su envergadura, y
la claustrofobia ya era todo el problema que necesitaba, tan acalorado y
abotargado como se sentía por el alcohol. Apenas entendió nada de lo que le
gritaba Turkin, sólo sabía que era su voz, y luchó por reptar hacia el callejón,
liberándose con esfuerzo del peso del gigante, deseando alejarse por donde
fuera lo bastante lejos como para no tener que oírle. Por el olor, debía estar
siguiendo un invisible río de orina que parecía no tener fin.
Turkin, que había visto
zarandearse el cuerpo del mendigo, disparó dos veces más, atravesando y
ensangrentando más el manto raído y apestoso, pero sin alcanzar al detective,
que se escurría cual cucaracha hacia la impenetrable oscuridad. Desde ese
ángulo el foco del coche patrulla no alcanzaba a alumbrar más allá, y Turkin se
encontró con la única guía de su oído al correr hacia la boca del callejón y
buscar al detective. Lo oía reptando, manoteando en charcos por algún lugar,
allí delante, en el suelo. Disparó dos veces más, apuntando bajo, algunos
metros por delante de él.
— ¡Hijoputa! —Gritó, sin saber si
le había dado.
Al instante sonó una detonación
allí dentro. Por acto reflejo, se acuclilló, pero la detonación le había dado
una pista de dónde estaba el detective, y éste parecía haber disparado al
cielo, como para asustarlo.
Ya iba a disparar a discreción
hacia allí, pero algo tiró de él. En realidad sintió que algo le tocaba con
fuerza en la pierna, bajo la rodilla, pero sin hacerle perder el equilibrio.
Miró hacia su pierna izquierda, y allí vio unas protuberancias afiladas y
largas que le atravesaban el gemelo de lado a lado. Siguió enseguida la
extensión de donde venían las gruesas agujas, y vio alzarse hacia él una
monstruosa mandíbula abierta, antes de perder la visión por completo.
Thanky lo iluminaba. El mendigo
había golpeado a su compañero con su mano, haciéndole sangrar, y en ese momento
se había incorporado en toda su estatura, llevándose con él, hasta sus alturas,
al agente Turkin, que colgaba entero desde su cabeza, con la cara atrapada
entre los dientes de la amplísima boca del mendigo. Salía sangre por todos
lados de entre esas fauces, que apretaban y apretaban mientras el policía
gritaba de unas maneras que no eran propias de un hombre cuerdo. Hasta que se
oyeron varios chasquidos seguidos, y la parte superior de la cara de Turkin se
separó del resto. El cuerpo tocó tierra un momento, de rodillas, con toda la
parte por encima de la mandíbula inferior y hasta la frente arrancada de cuajo.
El mendigo gigante, que de pronto, sin su sombrero, se descubría como una
especie de monstruo caníbal, se volvió a mirarle a él, sin dejar de masticar
como podía los pedazos de cráneo y músculos faciales. Como todo dentro de esa
ancha boca sin labios eran dientes afilados de un lado hasta el otro, triturar
el bocado era una tarea ardua, y buena parte se derramaba fuera, cayendo al
pavimento con una cualidad sonora propia del excremento equino.
El monstruo suspiró, haciéndole
notar que donde debía estar la nariz sólo había orificios de tabique nasal,
como si de la cara de una víctima de incendio se tratara. Sobre ella se
apretaban descomunales y saltonas las gemas rojas que eran sus ojos, que
parecían cápsulas a punto de reventar saturadas de sangre, y recorridas por
venillas gruesas, negras y retorcidas, que parecían salir de las pupilas
elípticas y verticales; la luz le daba de frente, y estaban contraídas como
filos de cuchillos. Las orejas eran largas y puntiagudas, propias de la
representación del demonio, así como la picuda barbilla, a la que sólo le
faltaba una barba de chivo para completar el espejismo. Thanky disparó y
disparó, haciendo sonar su arma vacía, aterrorizado, convencido de que el
diablo había venido a llevárselo por todos sus pecados.
Y el mendigo que no había muerto
y que de repente era un monstruo avanzó hacia él, y adelantó su brazo derecho
mientras se le acercaba, y su mano se le hundió en el vientre sin esfuerzo. Le
tocó dentro, más dentro de lo que nunca nada le había tocado, literal y
figuradamente, y enseguida tiró hacia arriba, rasgándole todo el abdomen y el
pecho, con costillas y todo, sin esfuerzo, hasta salirle del cuerpo por el lado
izquierdo del cuello, haciendo que la cabeza se descolgara de pronto de una
manera grotesca hacia su hombro derecho. Y Thanky aún era consciente de todo,
por varios segundos, viéndose caer contra el morro del coche, derribado por el
ataque, y sintiendo desparramarse todo lo que le hacía funcionar como ser vivo,
percibiendo, sin dolor interior, cómo unas cosas tiraban de otras con su peso,
y juntas iban derramándose delante de él.
El monstruo no le prestó más
atenciones, allí le dejó apagarse rápidamente, desangrado, volviendo la espalda
al foco de luz del coche patrulla para internarse en la oscuridad del callejón,
tras el detective Elangel Pulois.
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