Finalmente, pasado el mediodía, Jones oyó que el detective
estaba dándose golpes con la bañera, posiblemente intentando incorporarse o
cambiar de postura. Llevaba todo ese tiempo sentado como podía en el pequeño
sofá, con las rodillas demasiado altas al tener las piernas encogidas, mirando
la tele mientras pensaba en otras muchas cosas, sin ver ni escuchar en
realidad, y el ruido le sobresaltó con la certeza de que no debía haberse
quedado, que no tendría que estar allí. Irse tan pronto como le había dejado en
su casa hubiera sido lo sensato. ¿Se estaba despertando? ¿Se iba a levantar de
verdad? ¿Debía coger y largarse en ese momento, antes de que le pillara allí,
viendo la tele? Jones miró hacia la puerta de salida, y luego hacia la de la
habitación, temiendo ver aparecer ahí al cansado y furioso detective. Se iba a
asustar, era posible que ni recordara nada de la noche anterior. ¿Cómo
reaccionaría al encontrarse a un desconocido en su casa... y más a un
desconocido con SU ASPECTO, a un monstruo tras la puerta número dos? Jones dejó
de mirar por encima de su hombro y, por toda precaución, tan sólo llevó su mano
hacia su sombrero, a su lado en el sofá, y se lo puso, bien calado y con el ala
baja. ¿Qué estaba haciendo?
Ya lo oía. Se acercaba a la
puerta de entrada de su habitación.
—Huuuooola —oyó decir con pereza
a sus espaldas—. ¿Buenos días o buenas tardes?
Jones se quedó callado un
momento, haciendo amagos de volverse a mirar al detective. Bueno, mirar no era
correcto, pues mantenía baja la cabeza para ocultar de momento su aspecto, pero
al menos volverse hacia quien le hablaba era un gesto necesario de cortesía...
¿no?
—Apenas pasan de las doce —se
atrevió a contestar, con un gruñido tímido y grave—, supongo que buenos días
servirá.
Para decir eso había girado un
poco la cabeza y enseguida la dirigió de nuevo hacia la tele.
—Eres una presencia inquietante,
amigo —dijo el detective, como impresionado—, incluso ahí sentado, viendo la
tele.
Jones se estremeció. No sentía
amenaza en sus palabras, pero sí que realmente le daba miedo, aunque su voz
sonara segura. A Jones no le gustaba distinguir el miedo de los demás. Sabía
que era útil, a veces, pero no tenía sentido que las personas que quería
conocer sintieran un miedo constante y aparentemente incontrolable. Sólo había
conocido a tres personas en su vida que se habían sobrepuesto a esa sensación
ante su presencia, y a una de ellas la había aniquilado. Pensó que el detective
iba a proceder a todo un interrogatorio, deseando que le hablara cara a cara, y
todo eso.
— ¿Qué es lo que huele tanto a
pis? —Preguntó en cambio.
—Tú, eres tú —aclaró Jones—.
Bueno, tu ropa. Ayer te arrastraste por un callejón, y...
—Joder, ya, ya... —le
interrumpió—. Mira, voy a hacer que me lavo y cambio de ropa... Tú... Tú sigue
viendo la tele o lo que quieras.
— ¿Quieres que me marche?
—No, hombre no. Es peligroso.
Supongo que no eres de por aquí. Tengo que explicarte un par de cosas antes de
que vuelvas a la calle. Tú... Espera un poco, ¿vale? Lo que hicimos anoche va a
pasarnos factura. Espera un poco, ¿vale?
—Que sí, que sí —dijo Jones, sin
impaciencia en realidad.
Elangel Pulois retrocedió
tambaleante. Le dolía horrores la cabeza, y le sabía muy mal la boca. Como a
sangre, pero con muchas otras cosas. Los oídos parecían vibrarle, y en ellos
tenía una constante sensación de taponamiento, llegándole todo el sonido como
un poco apagado. El gigante que le había ayudado era aterrador de tamaño y
presencia, pero no era de razón temer a una persona que había estado a punto de
morir por él. Lo menos que podía hacer era dejarle quedarse allí, de momento,
hasta que pensara cómo hacerle desaparecer de una manera segura para él. Matar
policías no era una tarea recomendable para alguien que tan difícilmente
pasaría desapercibido, sobre todo a la luz del día. ¿En serio arrastrarse sobre
orines era lo mejor que había podido hacer por salvarse? Quizá debería dejar lo
de beber para su propia casa...
Se hizo con ropa limpia de su
armario y se metió en el baño. Le echó una mirada rencorosa a la bañera. Aún le
dolía el cuello de dormir ahí metido. Tiró la ropa limpia sobre la tapa del
retrete y se desvistió.
Al mirarse en el espejo sobre el
lavabo, ahí se encontró con bastante peor aspecto que de costumbre. Parecían
hacerle falta diez horas más de sueño, unas hondas ojeras oscurecían su mirada
de ojos azules. Tenía los labios resecos y agrietados, y, como siempre, su pelo
rubio, lacio y débil, se esparcía en jirones pegajosos desde el borde de su
coronilla calva. No podía parecer más yonki porque no tenía una aguja
colgándole del brazo.
Tiró la ropa apestosa al cesto de
plástico de la colada y se puso a ducharse. Se quiso dar más prisa que de
costumbre, no por hacer esperar o no al huésped, sino porque ya sentía una
mezcla de hambre y ansiedad por echarse un trago de whisky que le estaba siendo
insoportable, aunque al mismo tiempo eso le mantenía despierto. No por ello
dejó de ser cuidadoso, más por escrúpulo que por verdadero afán por la higiene.
En su mente, los rastros de orín multitudinario se extendían a lo largo de su
piel como un vapor amarillo y oloroso, y amenazaban con acelerar su calvicie al
haber ido introduciéndose lentamente por los poros de su cuero cabelludo
durante la noche. Se frotó con la esponja que siempre tenía a mano pero nunca
usaba, untándola de abundante jabón de
la gastada pastilla azul. Al terminar, descubrió con un fastidio increíble que
se le había olvidado cogerse una toalla para secarse, pero lo resolvió usando
la pequeña toalla de secarse las manos, que luego arrojó al cesto de la ropa
sucia también. Se vistió con lo que había cogido: la camisa amarillo pálido,
los pantalones de traje marrones, y exactamente los mismos sufridos zapatos de
cuero barato que había llevado la noche anterior, todo ello luego de ajustarse
calzoncillos y calcetines blancos, comprados en paquetes conjuntos de diez
unidades no recordaba dónde.
Se dirigió nuevo a la sala de
estar y oficina.
—Oye, ¿quieres beber algo? —Ofreció,
pasando a toda prisa por el lado izquierdo del sofá hacia la estrecha cocina,
muy refrescado y animado por la ducha—. Tengo... pues, agua del grifo —anunció,
tras examinar la nevera vacía—, y... ¡Whisky!
No pudo evitar exclamar al abrir
el armarito bajo el fregadero y encontrar ahí su vigorizante favorito, envuelto
el dorado líquido en una pequeña botella de sección cuadrada a la que un vaso
bajo vuelto del revés servía de tapón. Apenas le faltaba a la botella un cuarto
del contenido, y eso reforzó su entusiasmo, pues había de sobra para ofrecer y
luego aún dejar de reserva cuando acabara el día.
—No soy de beber —oyó retumbar la
voz del desconocido gigante, desde la salita.
— ¡Vamos, hombre, un traguito no
te hará mal! —le animó Elangel, volviendo con la botella y otro vaso sacado del
armario de... eso, de los vasos—. Además, lo menos que podemos hacer es
celebrar el haber sobrevivido ayer a la emboscada de esos corruptos hijos de
pu...
Se interrumpió y se quedó lívido.
Si la botella en su mano derecha y el segundo vaso en la izquierda no viajaron
hasta el suelo estallando en pedazos, fue porque sus manos quedaron tan
agarrotadas como su espíritu. El ser miraba la tele, como si fuera uno de esos
muñecos tan bien hechos de las películas de terror que estaban en alza en esa
época, llenas de situaciones surrealistas y terroríficas en las que monstruos
imposibles, pero sorprendentemente tangibles, se adueñaban de la pantalla. De
bajo su sombrero marrón, gastado y con el ala agrietada, asomaban los bultos rojos
que debían ser sus ojos, pero lo que le había paralizado era la desfiguración
de su nariz y boca. La primera simplemente parecía haber sido arrancada hacía
años, o quizá nunca había existido, mientras que la segunda carecía de labios,
y eso sí que no parecía una mutilación. Sus largos dientes, que eran de una
cualidad más metálica que otra cosa, brillaban con un fulgor azul oscuro cuando
la luz reflejaba en ellos, y salían, tan próximos como infinitos, de pequeñas y
musculosas encías que se fundían discretas con el resto de su piel.
Thomas Nasser había tenido la
noche anterior la sensación de que el gigante era un monstruo, en el sentido
humano de las proporciones, y que sin duda debía gozar de una fuerza y
resistencia sobrehumanas, si había podido resistir disparos y matar como lo
había hecho a los policías. Al fin y al cabo, había oído hablar de personas con
otras cualidades peculiares y extraordinarias, e incluso él mismo, durante la
guerra, se había enfrentado a una suerte de brujo que manipulaba de alguna
manera a los animales de la jungla como armas... Pero en absoluto esperaba
encontrarse a un verdadero monstruo viendo su televisor.
Aún fue peor el horror, cuando la
criatura reparó en su parálisis y dirigió sus ojos de pupilas felinas hacia él.
El moderadamente célebre detective no pudo por menos que rendirse a sus propias
defensas psicológicas y retirarse, como otras veces en su vida, a un oscuro
rincón de su mente, a sollozar, mientras su lado cínico y resoluto, el que le
había hecho un soldado tan efectivo en el pasado, se quedaba al cargo. Hay
quien suele decir que una persona así es valiente. Sin embargo, Elangel Pulois
no era más que un imbécil que evitaba pensar en momentos de peligro y
necesidad.
—...ta —terminó de decir,
manteniendo la mirada negra y roja del monstruo—. Aunque si prefieres comer
algo, me temo que tendremos que ir a buscarlo...
Concluyó de hablar reduciendo
poco a poco la voz hasta convertirla en un susurro. Pues lo último que quería
era hablarle de comer a algo con esa boca, y tampoco era buena idea salir del
apartamento, y mucho menos con luz de mediodía y acompañado de semejante cosa.
—Dijiste que era peligroso salir
—replicó en un tono de confusión, sonando como un infante de unos... ¿ciento
setenta kilos?
—Sí, es verdad, es verdad...
—reconvino Nasser—. Bueno, luego pensaremos en eso. Hazme sitio y bebamos.
Jones se movió hacia el otro
extremo del sofá, y el detective se sentó donde él lo había estado haciendo.
Como no había dónde poner los vasos y la botella, Nasser optó por presentar el
vaso que era para el monstruo sobre el asiento central del sofá, no
atreviéndose a pasárselo de la mano que le era propia a la suya, tan grande y
de tan largos dedos, de oscuras uñas tan brillantes como sus dientes. Pareciera
que de tan afiladas cortaran el aire al moverse mínimamente, y en su
imaginación realmente las oía haciéndolo, sonando como amenazadores silbidos...
la misma muerte insinuándosele, como si él fuera una muchacha bonita y
ofrecida.
Quitó el vaso de la boca de la
botella y echó un buen lingotazo en el que sería para su “invitado”. Tampoco
hasta arriba, no era cosa de desperdiciar... Enseguida se sirvió para sí mismo,
bastante menos, un traguito corto para empezar, y dejó la botella entre sus
pies, en el suelo.
—Joder, geniaaaaaal... —dijo,
antes de meterse despacio el alcohol en la boca.
No era del mejor whisky, ni del
peor. Se podía saborear, y así lo hacía siempre que se daba unos primeros
tragos tras horas de descanso para el hígado. El sabor suave y cálido,
recorriéndole la lengua y el gaznate mientras caía hasta el estómago, desde
donde le llenaba con una calidez que se extendía a su espíritu, como si todo él
fuera de papel y aquello la chispa de un silencioso fuego.
No muchos tiempo después, pero
una eternidad en realidad para Jones, el detective se dignó a volver a mirarle,
muy brevemente, eso sí. Y enseguida al vaso entre ellos, lleno hasta la mitad,
huérfano.
— ¿Es que no lo quieres?
—Preguntó Nasser, con un gracioso tono de incredulidad.
—Es que no soy de beber, sinceramente...
—volvió a explicar Jones, dirigiendo sus pupilas de un lado a otro, como si
estuviera nervioso y no muy seguro de decir que no.
—Oye, oooooye —empezó a decir el
detective, casi por encima de sus palabras—, eso lo respeto, hay gente que no
bebe, y lo veo hasta bien. Ven con papá.
Y cogió él mismo el vaso lleno,
tras dejar el otro tapando la botella, como al principio. Dio otro sorbito de
whisky del nuevo vaso, y fijó su mirada al televisor, por encima del vidrio.
— ¿Pero qué estabas viendo? —Le
preguntó a Jones.
—Nada en realidad. No sabía qué
hacer. La verdad que estuve a punto de irme varias veces, antes de que al final
despertaras...
—Están hablando de golf. Por
dios, hay que ser un muermo para jugar a eso, imagínate para hablar de ello...
Jones hizo un involuntario
ronquido. El detective le miró brevemente, a los ojos. Por ese instante, Jones
sintió que el detective parecía haber dudado de que se le echara encima para
devorarle, o algo. En realidad sólo se había reído.
—En la tele... ¿no dijeron nada
de polis muertos?
—No, no he visto nada.
—Claro... Ya.
—Lo dices como si eso fuera malo
—dijo Jones, pero esperando una explicación.
—Bueno... a eso me refería cuando
dije que tenías que saber ciertas cosas. No sé de dónde vengas, ni si tendrás
tus propios problemas... persiguiéndote.
—Hasta lo de ayer, creo que no,
nadie me busca —explicó Jones, entendiendo que la pausa en el discurso del
detective servía para que él aclarara si era así.
—Bien, pues mejor, pero el caso
es que, en este asunto concretamente, la gente que trabaja del mismo modo que
esos agentes muertos, y sus superiores, claro, querrán solventar esto ellos
mismos y en silencio... —dijo Nasser, señalando la televisión con el índice de
la mano que sujetaba el vaso. Echó otro trago.
— ¿Ellos mismos? —preguntó Jones,
en un ronquido lento.
—Sí, sin que se entere alguno de
los pocos polis decentes que haya, y sobre todo sin que otros departamentos de
la ley se inmiscuyan. Aquí la poli funciona cada vez más parecida a cualquiera
de las mafias... Bueno, en realidad trabajan de una manera tan confusa con
todas las mafias, que ellos mismos suelen provocar por accidente la mayoría de
peleas entre ellas... Esto es... bueno, esto es todo una puta mierda, amigo.
—Ah —hizo el monstruo, desde
allí, al final del sofá, a su derecha.
Elangel se preguntaba si de
verdad entendía todo eso, o era el hombre tan deformado de mente como de
aspecto. ¿Podía ser una especie de retrasado, escapado de una institución
gracias a una conjunción extraordinaria de su natural fuerza y la negligencia
de los empleados que debían cuidarle? Realmente hablaba y hacía preguntas de lo
más lúcidas, pero todo era tan... surrealista.
Echó otro trago tras una pausa,
bebiéndose ya de golpe todo lo del vaso. Acto seguido se volvió hacia el
monstruo, manoseando el vaso distraídamente.
— ¿Tienes nombre, amigo?
—Jones —respondió con su grave
voz, de nuevo haciendo vacilar sus pupilas a uno y otro lado, como avergonzado.
Casi parecía un niño con una tremendamente realista careta de monstruo.
— ¿Jones? ¿A secas? —insistió el
detective, inclinándose sobre sus rodillas, y dejando también el vaso en el
suelo.
—Sí... No... No tengo familia, ni
apellidos que yo sepa, claro —dijo tartamudeando el ser, pero sin mostrar un
ápice de autocompasión o tristeza.
Más bien parecía ansioso por ser
capaz de facilitar cuanta más información posible. A Nasser le sonaba esa
actitud: era la propia de un criminal compulsivo que, a la hora de redactar la
confesión, sentía que el interrogador no le hacía las preguntas que necesitaba
en el orden que quisiera. Pero... ¿qué podía querer que supiera de él? Eso no
tenía sentido. Y sólo le preguntaba por conocer mejor a su salvador. Y sus
circunstancias, ya que estaba.
—Bueno, las bolsas de los pies me
dejan claro que eres un “sin techo”, por así decirlo...
—Esa definición es muy exacta a
mi situación habitual, desde luego —repuso Jones, de repente muy animado al
sentir que estaba protagonizando una conversación real, por trivial que fuera;
llevaba casi un trimestre sin decir nada que no fuera pedir la comida que bien
pudiera pagarse con las limosnas.
—Escucha, tengo un amigo que
puede venir y traerte... bueno, no sé si ropa de tus medidas, pero que al menos
puede hacer el intento. El dinero no me sobra, pero tampoco es uno de mis
problemas...
— ¿Ropa? ¿Comprarme ropa?
—exclamó el monstruo, rugiendo por debajo de las palabras.
El gigante se revolvió en su
asiento. Parecía enfadado por la voz y su repentino nerviosismo, pero enseguida
entendió Nasser que sólo era sorpresa y quizá una especie de entusiasmo casi
infantil. ¿Realmente sería un retrasado, a pesar de sus modales y lenguaje?
Su voz le retumbó en los tímpanos y en los huesos del pecho de tal forma
que... bueno, que necesitó servirse otro trago de whisky.
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