martes, 13 de octubre de 2015

UN NUEVO COMIENZO III



Para cuando el monstruoso vagabundo había alcanzado a Elangel, éste ya estaba a punto de salir reptando del callejón por el otro extremo. Mientras avanzaba hacia él, lo veía con total claridad. Podía ver cada pequeña cosa brillando como siluetas recortadas en tonos apagados de violeta por la vibración que producía el más mínimo sonido en las moléculas más superficiales, aunque eso él no lo sabía. Sólo sabía que desde que tuviera memoria podía verlo todo incluso en la oscuridad más absoluta. También le llegaba bastante intenso el olor a distintos orines, cada uno con diferente sedimentación de residuos, de los que se había impregnado la ropa del detective. Pese a moverse con sigilo, más por costumbre que por querer cogerle por sorpresa, el sonido del plástico de las bolsas negras de sus pies alertó a su objetivo, y volvió a disparar al aire, suponía que temiendo que él fuera uno de los policías corruptos, persiguiéndole aún.
— ¡Tranquilo amigo! —Quiso calmarle el gigante, rugiendo las palabras a toda prisa—. Me he ocupado de ellos, soy la Reina de los Andrajos, ¿recuerdas?
Nasser, ahí, en la oscuridad, y tras haber estado a punto de morir tiroteado sobre pis, se volvió sobre la espalda y rompió a reír. Rió casi histéricamente, el vagabundo suponía que por lo de usar el apodo con que le había bautizado; pero como no paraba, empezó a tener verdaderas dudas sobre el origen de su repentino buen humor. Se inclinó para ayudarle a levantar.
—Deberíamos irnos. Han dicho que vendrán sus compañeros.
—Oye... Te han disparado. Estás muerto. ¿Estamos muertos?
—Vamos, vamos, debes irte a tu casa y yo largarme también —gruñó el gigante, llevándole en volandas tras pasarle un brazo por debajo de los dos suyos.
Mientras, el detective meneaba los tobillos como si estuviera haciendo un esfuerzo por caminar, aunque ni siquiera estaba tocando el suelo. Tras una pausa en la que se detuvo a recoger y volver a ponerse su gran sombrero marrón, se dirigió en una dirección cualquiera buscando, lo antes posible, poner cuanta más tierra de por medio entre ellos y los polis muertos. Tras girar un par de esquinas, eligiendo calles que les alejaran del sonido de los escasos coches que circulaban a esas horas (no fuera que alguno de ellos fuera de los policías corruptos, dirigiéndose sin sirenas al reclamo de sus compañeros), el gigante vagabundo zarandeó un poco a Nasser, que ya roncaba, despreocupado, con la cabeza colgándole de una manera bastante incómoda, la barbilla contra el esternón.
—Oye... ¡Oye!
— ¡UAAAH! —Gritó Nasser, despertándose de golpe al final de un sonoro ronquido. Enseguida empezó a hacer sonidos con la lengua, como si sintiera la boca pastosa.
— ¡Oye, calla! Mejor seguir en silencio —le susurró en un gutural gruñido grave, el monstruo.
—Nooo... —empezó el detective, sacudiendo la cabeza lentamente—, no sé lo que... hijos de puta... siempre.
—Oye, te dejaré en tu casa, ¿me puedes decir dónde vives?
—Sí.
Elangel Pulois se quedó en completo silencio tras decir eso, y el mendigo esperó pacientemente un minuto, al menos, mientras él escupía a un lado un par de veces, pero sin que pareciera que fuera a decir más.
—Amigo, ¿me vas a decir dónde vives? No me lo podrás indicar, pero si eres capaz de decir la dirección...
—Calle Mann, número 39, tercer piso —dijo de repente con toda claridad.
—Bueno, pues a ver si la encontramos. ¿Está lejos? ¿Está lejos de la cafetería?
—No, está muy cerca, dos calles detrás —anunció Nasser, dejando la cabeza caer hacia atrás, con los ojos cerrados. Su voz volvía a ser balbuceante, perezosa. “¿Por qué de repente tenía tantas ganas de dormir? ¡Qué oportuno!”, pensaba el gigante.
Se lamentó de tener que retroceder unas cuantas calles hasta allí, y todavía buscar aquella donde vivía el detective. Temía encontrarse a los polis, o a quien quiera que pudiera llamarlos al verle a él cargando con un hombre, con su manto y extremidades impregnados de sangre.
Además, intentaba mantener la calma, pero estaba muy asustado. Le dolían y picaban las heridas de bala en la espalda. Se imaginaba que una fuerza maligna las empujaba aún más adentro de sus agujeros, y que llegarían a herir algún órgano de manera mortal, si es que no lo habían hecho ya. No comprendía cómo podía haber sobrevivido a los disparos, y le urgía poder comprobar cuánto daño le habían hecho, aunque salvo por el leve dolor, se sentía bien. Extraordinariamente bien.
De todas formas la idea de presentarse en uno de esos hospitales que usaba la gente normal no le atraía para nada. En aquellos momentos, lo que sabía del mundo y de la gente era lo que había experimentado por sí mismo, además de lo que le habían ido contando, a lo largo de los años, la mujer barbuda y el forzudo, los únicos que le habían tratado como a alguien normal. El dueño del circo había insistido miles de veces en que, fuera de su feria de fenómenos, él sería objeto de estudios que consistirían en hacerle trizas con sierras y agujas. Que su único hogar, y el único lugar en que él podía servir de algo, era allí, como el más excepcional de sus monstruitos. Y puede que fuera así; al menos eso le hacían sentir las personas que iban a verle hacer cosas, e incluso algunos otros de los miembros del circo. No, no podía ir a un hospital y correr el riesgo de que le trataran así, no fuera de una jaula. Tendría que defenderse, y eso conllevaba... quizá matar, matar a muchas personas. A veces lo deseaba con tanta fuerza... Darle a cierta gente su merecido, por cómo le hacía sentir. Por lo que le decían. Los barrotes, sí, eso les salvaba, día tras día. Era su trabajo, o su labor como esclavo, según se mire... Pero al tiempo era una prisión que él mismo reconocía necesaria, porque de no mediar esa barrera, de no existir nada entre sus dientes, garras y la carne del otro lado... Habría hecho igual que con los policías malvados, pero miles, o puede que millones de veces.
Se estaba deprimiendo. Pero al tiempo cargaba una esperanza. Y era literal, cargaba al detective borracho e inconsciente que le había tratado sin ningún miedo y con la condescendencia misma que a cualquier otro desconocido, eso él sabía apreciarlo. No había sido especialmente amable, se puede decir, pero eso no tenía importancia. Lo importante era que necesitaba su ayuda y se dejaba ayudar. Y fuera por la bebida o no, estaba demostrando una impasibilidad única ante su tamaño y peculiaridades físicas, sabiendo que, por mucho que se calara su gran sombrero, sus rasgos monstruosos no podían pasar totalmente desapercibidos. Y cargar así con él le estaba ayudando a no desesperarse en ese momento, porque podía preocuparse más por el detective que de sí mismo.
Porque estaba en verdadero peligro, lo había sentido en cómo hablaban y se comportaban aquellos agentes corruptos, y no parecía que aquello fuera a terminar con sus muertes. Más bien sentía que sólo era el principio de problemas mayores, como si ese hombre fuera una especie de recurrente incordio para ellos. Lo iban a matar esa misma noche, quién sabía dónde y de qué forma, y quién sabía quiénes más compartían esa idea. Debía llevar al tipo a salvo a su casa, si era posible, y se quedaría con él, vigilante, hasta que se le pasara la borrachera y pudiera cuidarse solo.
Porque él, El Monstruo De Los Ojos Rojos, como le llamaban en el circo, no dormía. Nunca. De hecho no conocía el sueño que decían padecer las demás personas antes de dormirse, ni tenía párpados con los que poder cubrir las duras superficies de sus globos oculares, siquiera. Hasta aquel momento, había pasado los doce años que tenía de vida sin una mísera siesta o pérdida de la conciencia por algún otro motivo, así que, pese a tener la imaginación propia de cualquiera, no era capaz de hacerse una idea de cómo sería la experiencia de abandonar la realidad. Podía perderse en sus pensamientos, como cualquier persona, imaginar algo con tal fuerza que dejara de ver lo que tenía delante, por supuesto. Pero ni eso creía remotamente parecido a la sensación que debía ser abandonar el cuerpo a su suerte, prácticamente, durante el acto de dormir.
Ya llegaban al lugar donde había matado a los dos policías, pero por lo que oía, no parecía que nada hubiera cambiado. En cuanto dobló la esquina, vio allí el coche, con su foco dirigible del costado aún orientado hacia el cadáver sin cara de la boca del callejón. El otro policía era para unos ojos normales apenas una sombra dividida en su parte superior, con las dos mitades de su espalda apoyadas contra la rueda delantera del vehículo. No parecía que hubiera pasado nadie por ahí durante el algo más de cuarto de hora que se habían pasado dando vueltas por las calles. Suspiró con alivio y avanzó todo lo rápido que pudo, dejando atrás la calle en cuya mitad aún brillaba la luz del interior de la cafetería.
Sin saber qué otra cosa hacer, fue directamente hacia las calles que quedaban al otro lado del bloque de edificios donde se encontraba la cafetería, siguiendo las indicaciones del detective, que seguía durmiendo, ahí, colgado de su brazo. Se fijaba en los carteles de los nombres de las calles, esperando encontrar aunque fuera de casualidad el nombre que le había dicho, pero, para su sorpresa, realmente encontró la calle Mann a dos calles, la segunda paralela a la de la cafetería.
Estaba, como las demás, iluminada sólo por la mitad de las farolas que se erguían en cada acera, apenas haciendo visible, cada decena de metros, la gastada línea blanca que separaba los dos carriles del asfalto. No había ni un alma, aunque sí pudo ver algunas ventanas de cocinas encendidas, seguramente personas desayunando antes de partir hacia sus trabajos.
Buscó el número del portal. Le había dicho el 39. Lo encontró, representado por encima del grueso marco de madera de una puerta con números hechos en bronce. Pensó al momento en que tenía que dar con las llaves para abrir la puerta, mientras tocaba, con un par de sus largos dedos terminados en garras, el pomo de cobre de la puerta. Ésta se movió, y comprobó con no poco asombro que la cerradura estaba rota. Pensó si la habría roto él mismo, pero no podía ser, la hubiera oído hacerse añicos. Echó un vistazo y vio que las partes que debían mantener cerrada la puerta simplemente faltaban, como si hubieran caído de la cajita del canto de la puerta hacía tiempo. No parecía muy seguro, en un barrio donde la policía te podía buscar para darte una paliza.
Subió corriendo las escaleras, con todo el sigilo del que fue capaz, cogiendo al, en comparación, pequeño hombre con ambos brazos, para no llevarle con la cabeza dándose contra la pared o el pasamanos. Era como un bebé que apestara tras orinarse los pañales. Roncaba, totalmente ignorante de lo que pasaba. Él lo observó, preguntándose cómo era capaz de sentirse cómodo y seguro para dormir todo ese viaje colgado de él. El tipo era flacucho, lo sentía huesudo y ligero sobre sus brazos, pero tenía el vientre hinchado, seguramente de una mala alimentación y de la frecuente ingesta de alcohol. El rubio cabello, lacio y corto, empezaba a escasearle desde la coronilla. Su expresión era un poco bobalicona, en ese momento, con la cabeza ladeada hacia su propio hombro derecho, la boca abierta, babeante, pero era un hombre que podría considerarse atractivo, en mejores circunstancias. Su nariz era larga y ancha pero estilizada, de bordes redondeados, y los pómulos eran por el contrario afilados, dirigidos directamente hacia el espacio entre su nariz y sus labios. No parecía afeminado, a pesar de ello, su mandíbula era ancha, pero no su barbilla, y eso le infería una expresión de tipo duro que seguramente no se correspondía con la realidad, dada su complexión general. El gigante sintió una infinita piedad por él, de repente.
Llegó al tercer piso. En ese momento sí que tuvo que buscar las llaves, si el detective las tenía, de esa casa. Soltó con cuidado las piernas del “bello durmiente”, y palpó con ligereza allí donde tenía bolsillos. Los pantalones, los lados de la gabardina... ¡Ah, en el pecho! Un bolsillo interior de su abrigo guardaba el juego de llaves. Lo extrajo colgado de un par de sus afiladas garras, las del pulgar y el índice, y decidió probar las dos llaves que parecían encajar en la cerradura de la puerta. Con la primera le bastó, necesitando una sola vuelta del cerrojo para entrar. Pasó dentro y empujó la puerta hasta que cerró. Rugió de alivio.
De repente fue consciente de que se sentía seguro. Hacía lo menos tres meses que no tenía esa sensación. Buscó, antes que nada, dónde podía dejar al detective. Encontró al lado derecho de la sala principal una puerta que daba al que era el único dormitorio de la casa. Allí parecía esperarle la cama, con un lado de las mantas levantado, seguramente así desde que se despertara esa mañana su dueño. Miró alrededor, pensando que no podía meterle en su cama con la ropa sucia y apestando a pis de vaya uno a saber cuántas personas. A la derecha de ese mismo cuarto, tras otra puerta, distinguió que estaba el servicio. Lo llevó hasta allí y lo tumbó en la bañera, procurando no darle un golpe al reposar la cabeza en la cerámica.
Se quedó unos segundos mirándole, en la completa oscuridad. Aunque él lo veía perfectamente. Le sacudió el pecho el temor de que fuera a morirse. Ya había visto a más gente morir de tanto beber. Pero escuchó atentamente, y su pulsación era tan regular como sus ronquidos. No, no se iba a morir, el hombre. Sólo necesitaba descanso. Se volvió hacia el lavabo, a su izquierda, y abrió un poco el grifo. Se quitó las vendas impregnadas en sangre, dejando a la vista las largas uñas negras y brillantes sobre sus flacos y largos dedos. Se lavó las manos, e inclinándose un poco, alargó su potente lengua más allá de su leal ejército de dientes, y lamió el chorro del grifo, varias veces. Se quitó el sombrero y se miró al espejo.
No estaba acostumbrado a enfrentarse a su propio reflejo. Hacía muchos años que se había encontrado consigo mismo por primera vez en un reflejo, y aunque no se había asustado de sí mismo, como les pasa a los animales, recordaba que había sentido que el del espejo no era él mismo, si no un ente totalmente ajeno a él, y con propia voluntad. Era una sensación terrible, pero al tiempo llena de esperanza, pues si ése no era de verdad él, ese tampoco podía ser su aspecto. Pero al ir creciendo comprendió que las cosas eran como eran, claro. Simplemente evitó mirarse más a los espejos, y torcía la cara al intuir que podía verse reflejado en alguna superficie. Pero en aquel momento, en casa del detective, volvió a mirarse directamente. Y de nuevo le parecía increíble no ser como el resto de las personas. Él no se sentía diferente. ¿Pero qué era eso? ¿Qué era él? ¿Qué coño estaba mirando?
Sabía que su capacidad sobrepasaba la de la gente común, pero no se consideraba un monstruo, a pesar de su físico. Él había visto a la gente, y podían ser tan malos como él... peores, en realidad. Había visto a la gente hacer cosas que él ni se atrevía a recordar. Distinguía el bien del mal, y sabía de qué lado quería inclinar la balanza. Él no era un monstruo, se decía... se lo preguntaba. Se lo preguntaba a El Monstruo De Los Ojos Rojos del circo, el que le miraba ahora. “¿No soy un monstruo, verdad?” Pero...
Pero la cara del policía estaba sabrosa.
— ¿Qué estás haciendo, Jones? —Se preguntó con un gruñido.
— ¡Eeeehhh! —Hizo el detective, manoteando con su mano derecha la pared junto a la bañera y con la otra el aire por encima del borde izquierdo— ¡Ay, cojones! ¿Dónde estoy?
—En tu casa, detective —le informó el gigante, mirándole directamente. Dudaba que el hombre pudiera verle en la penumbra, porque estaba mirando hacia todos lados con la mirada perdida. O quizá es que ni siquiera intentaba mirar de verdad—. No te preocupes, amigo, me largo ahora mismo, sólo estaba bebiendo un poco de agua...
—No, tío, no —balbució Nasser, retorciéndose dentro de la bañera para ponerse de lado, sobre su hombro izquierdo—. Quédate hasta mañana, es peligroso. Esos hijoputas... Quédate.
El detective dejó de moverse. Parecía haber encontrado su postura adecuada para seguir durmiendo, con ambas manos bajo la cara, apretadas contra el borde de la bañera.
— ¿Estás seguro? —Rugió Jones, tímidamente, temiendo interrumpir su sueño etílico.
— Me has salvado de los hijoputas. Quédate.
Y enseguida Elangel Pulois se puso de nuevo a roncar.

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