Para cuando el monstruoso vagabundo había alcanzado a
Elangel, éste ya estaba a punto de salir reptando del callejón por el otro
extremo. Mientras avanzaba hacia él, lo veía con total claridad. Podía ver cada
pequeña cosa brillando como siluetas recortadas en tonos apagados de violeta
por la vibración que producía el más mínimo sonido en las moléculas más superficiales,
aunque eso él no lo sabía. Sólo sabía que desde que tuviera memoria podía verlo
todo incluso en la oscuridad más absoluta. También le llegaba bastante intenso
el olor a distintos orines, cada uno con diferente sedimentación de residuos,
de los que se había impregnado la ropa del detective. Pese a moverse con
sigilo, más por costumbre que por querer cogerle por sorpresa, el sonido del
plástico de las bolsas negras de sus pies alertó a su objetivo, y volvió a
disparar al aire, suponía que temiendo que él fuera uno de los policías
corruptos, persiguiéndole aún.
— ¡Tranquilo amigo! —Quiso
calmarle el gigante, rugiendo las palabras a toda prisa—. Me he ocupado de
ellos, soy la Reina
de los Andrajos, ¿recuerdas?
Nasser, ahí, en la oscuridad, y
tras haber estado a punto de morir tiroteado sobre pis, se volvió sobre la
espalda y rompió a reír. Rió casi histéricamente, el vagabundo suponía que por
lo de usar el apodo con que le había bautizado; pero como no paraba, empezó a
tener verdaderas dudas sobre el origen de su repentino buen humor. Se inclinó
para ayudarle a levantar.
—Deberíamos irnos. Han dicho que
vendrán sus compañeros.
—Oye... Te han disparado. Estás
muerto. ¿Estamos muertos?
—Vamos, vamos, debes irte a tu
casa y yo largarme también —gruñó el gigante, llevándole en volandas tras
pasarle un brazo por debajo de los dos suyos.
Mientras, el detective meneaba
los tobillos como si estuviera haciendo un esfuerzo por caminar, aunque ni
siquiera estaba tocando el suelo. Tras una pausa en la que se detuvo a recoger
y volver a ponerse su gran sombrero marrón, se dirigió en una dirección
cualquiera buscando, lo antes posible, poner cuanta más tierra de por medio
entre ellos y los polis muertos. Tras girar un par de esquinas, eligiendo
calles que les alejaran del sonido de los escasos coches que circulaban a esas
horas (no fuera que alguno de ellos fuera de los policías corruptos, dirigiéndose
sin sirenas al reclamo de sus compañeros), el gigante vagabundo zarandeó un
poco a Nasser, que ya roncaba, despreocupado, con la cabeza colgándole de una
manera bastante incómoda, la barbilla contra el esternón.
—Oye... ¡Oye!
— ¡UAAAH! —Gritó Nasser, despertándose
de golpe al final de un sonoro ronquido. Enseguida empezó a hacer sonidos con
la lengua, como si sintiera la boca pastosa.
— ¡Oye, calla! Mejor seguir en
silencio —le susurró en un gutural gruñido grave, el monstruo.
—Nooo... —empezó el detective,
sacudiendo la cabeza lentamente—, no sé lo que... hijos de puta... siempre.
—Oye, te dejaré en tu casa, ¿me
puedes decir dónde vives?
—Sí.
Elangel Pulois se quedó en
completo silencio tras decir eso, y el mendigo esperó pacientemente un minuto,
al menos, mientras él escupía a un lado un par de veces, pero sin que pareciera
que fuera a decir más.
—Amigo, ¿me vas a decir dónde
vives? No me lo podrás indicar, pero si eres capaz de decir la dirección...
—Calle Mann, número 39, tercer
piso —dijo de repente con toda claridad.
—Bueno, pues a ver si la
encontramos. ¿Está lejos? ¿Está lejos de la cafetería?
—No, está muy cerca, dos calles
detrás —anunció Nasser, dejando la cabeza caer hacia atrás, con los ojos
cerrados. Su voz volvía a ser balbuceante, perezosa. “¿Por qué de repente tenía
tantas ganas de dormir? ¡Qué oportuno!”, pensaba el gigante.
Se lamentó de tener que
retroceder unas cuantas calles hasta allí, y todavía buscar aquella donde vivía
el detective. Temía encontrarse a los polis, o a quien quiera que pudiera
llamarlos al verle a él cargando con un hombre, con su manto y extremidades
impregnados de sangre.
Además, intentaba mantener la
calma, pero estaba muy asustado. Le dolían y picaban las heridas de bala en la
espalda. Se imaginaba que una fuerza maligna las empujaba aún más adentro de
sus agujeros, y que llegarían a herir algún órgano de manera mortal, si es que
no lo habían hecho ya. No comprendía cómo podía haber sobrevivido a los
disparos, y le urgía poder comprobar cuánto daño le habían hecho, aunque salvo
por el leve dolor, se sentía bien. Extraordinariamente bien.
De todas formas la idea de
presentarse en uno de esos hospitales que usaba la gente normal no le atraía
para nada. En aquellos momentos, lo que sabía del mundo y de la gente era lo
que había experimentado por sí mismo, además de lo que le habían ido contando,
a lo largo de los años, la mujer barbuda y el forzudo, los únicos que le habían
tratado como a alguien normal. El dueño del circo había insistido miles de
veces en que, fuera de su feria de fenómenos, él sería objeto de estudios que
consistirían en hacerle trizas con sierras y agujas. Que su único hogar, y el
único lugar en que él podía servir de algo, era allí, como el más excepcional
de sus monstruitos. Y puede que fuera así; al menos eso le hacían sentir las
personas que iban a verle hacer cosas, e incluso algunos otros de los miembros
del circo. No, no podía ir a un hospital y correr el riesgo de que le trataran
así, no fuera de una jaula. Tendría que defenderse, y eso conllevaba... quizá
matar, matar a muchas personas. A veces lo deseaba con tanta fuerza... Darle a
cierta gente su merecido, por cómo le hacía sentir. Por lo que le decían. Los
barrotes, sí, eso les salvaba, día tras día. Era su trabajo, o su labor como
esclavo, según se mire... Pero al tiempo era una prisión que él mismo reconocía
necesaria, porque de no mediar esa barrera, de no existir nada entre sus
dientes, garras y la carne del otro lado... Habría hecho igual que con los
policías malvados, pero miles, o puede que millones de veces.
Se estaba deprimiendo. Pero al
tiempo cargaba una esperanza. Y era literal, cargaba al detective borracho e
inconsciente que le había tratado sin ningún miedo y con la condescendencia
misma que a cualquier otro desconocido, eso él sabía apreciarlo. No había sido
especialmente amable, se puede decir, pero eso no tenía importancia. Lo
importante era que necesitaba su ayuda y se dejaba ayudar. Y fuera por la
bebida o no, estaba demostrando una impasibilidad única ante su tamaño y peculiaridades
físicas, sabiendo que, por mucho que se calara su gran sombrero, sus rasgos
monstruosos no podían pasar totalmente desapercibidos. Y cargar así con él le
estaba ayudando a no desesperarse en ese momento, porque podía preocuparse más
por el detective que de sí mismo.
Porque estaba en verdadero
peligro, lo había sentido en cómo hablaban y se comportaban aquellos agentes
corruptos, y no parecía que aquello fuera a terminar con sus muertes. Más bien
sentía que sólo era el principio de problemas mayores, como si ese hombre fuera
una especie de recurrente incordio para ellos. Lo iban a matar esa misma noche,
quién sabía dónde y de qué forma, y quién sabía quiénes más compartían esa
idea. Debía llevar al tipo a salvo a su casa, si era posible, y se quedaría con
él, vigilante, hasta que se le pasara la borrachera y pudiera cuidarse solo.
Porque él, El Monstruo De Los
Ojos Rojos, como le llamaban en el circo, no dormía. Nunca. De hecho no conocía
el sueño que decían padecer las demás personas antes de dormirse, ni tenía
párpados con los que poder cubrir las duras superficies de sus globos oculares,
siquiera. Hasta aquel momento, había pasado los doce años que tenía de vida sin
una mísera siesta o pérdida de la conciencia por algún otro motivo, así que,
pese a tener la imaginación propia de cualquiera, no era capaz de hacerse una
idea de cómo sería la experiencia de abandonar la realidad. Podía perderse en
sus pensamientos, como cualquier persona, imaginar algo con tal fuerza que
dejara de ver lo que tenía delante, por supuesto. Pero ni eso creía remotamente
parecido a la sensación que debía ser abandonar el cuerpo a su suerte,
prácticamente, durante el acto de dormir.
Ya llegaban al lugar donde había
matado a los dos policías, pero por lo que oía, no parecía que nada hubiera
cambiado. En cuanto dobló la esquina, vio allí el coche, con su foco dirigible
del costado aún orientado hacia el cadáver sin cara de la boca del callejón. El
otro policía era para unos ojos normales apenas una sombra dividida en su parte
superior, con las dos mitades de su espalda apoyadas contra la rueda delantera
del vehículo. No parecía que hubiera pasado nadie por ahí durante el algo más
de cuarto de hora que se habían pasado dando vueltas por las calles. Suspiró
con alivio y avanzó todo lo rápido que pudo, dejando atrás la calle en cuya
mitad aún brillaba la luz del interior de la cafetería.
Sin saber qué otra cosa hacer,
fue directamente hacia las calles que quedaban al otro lado del bloque de
edificios donde se encontraba la cafetería, siguiendo las indicaciones del
detective, que seguía durmiendo, ahí, colgado de su brazo. Se fijaba en los
carteles de los nombres de las calles, esperando encontrar aunque fuera de
casualidad el nombre que le había dicho, pero, para su sorpresa, realmente
encontró la calle Mann a dos calles, la segunda paralela a la de la cafetería.
Estaba, como las demás, iluminada
sólo por la mitad de las farolas que se erguían en cada acera, apenas haciendo
visible, cada decena de metros, la gastada línea blanca que separaba los dos
carriles del asfalto. No había ni un alma, aunque sí pudo ver algunas ventanas
de cocinas encendidas, seguramente personas desayunando antes de partir hacia
sus trabajos.
Buscó el número del portal. Le
había dicho el 39. Lo encontró, representado por encima del grueso marco de
madera de una puerta con números hechos en bronce. Pensó al momento en que
tenía que dar con las llaves para abrir la puerta, mientras tocaba, con un par
de sus largos dedos terminados en garras, el pomo de cobre de la puerta. Ésta
se movió, y comprobó con no poco asombro que la cerradura estaba rota. Pensó si
la habría roto él mismo, pero no podía ser, la hubiera oído hacerse añicos.
Echó un vistazo y vio que las partes que debían mantener cerrada la puerta
simplemente faltaban, como si hubieran caído de la cajita del canto de la
puerta hacía tiempo. No parecía muy seguro, en un barrio donde la policía te
podía buscar para darte una paliza.
Subió corriendo las escaleras,
con todo el sigilo del que fue capaz, cogiendo al, en comparación, pequeño
hombre con ambos brazos, para no llevarle con la cabeza dándose contra la pared
o el pasamanos. Era como un bebé que apestara tras orinarse los pañales.
Roncaba, totalmente ignorante de lo que pasaba. Él lo observó, preguntándose
cómo era capaz de sentirse cómodo y seguro para dormir todo ese viaje colgado
de él. El tipo era flacucho, lo sentía huesudo y ligero sobre sus brazos, pero
tenía el vientre hinchado, seguramente de una mala alimentación y de la frecuente
ingesta de alcohol. El rubio cabello, lacio y corto, empezaba a escasearle
desde la coronilla. Su expresión era un poco bobalicona, en ese momento, con la
cabeza ladeada hacia su propio hombro derecho, la boca abierta, babeante, pero
era un hombre que podría considerarse atractivo, en mejores circunstancias. Su
nariz era larga y ancha pero estilizada, de bordes redondeados, y los pómulos
eran por el contrario afilados, dirigidos directamente hacia el espacio entre
su nariz y sus labios. No parecía afeminado, a pesar de ello, su mandíbula era
ancha, pero no su barbilla, y eso le infería una expresión de tipo duro que
seguramente no se correspondía con la realidad, dada su complexión general. El
gigante sintió una infinita piedad por él, de repente.
Llegó al tercer piso. En ese
momento sí que tuvo que buscar las llaves, si el detective las tenía, de esa casa.
Soltó con cuidado las piernas del “bello durmiente”, y palpó con ligereza allí
donde tenía bolsillos. Los pantalones, los lados de la gabardina... ¡Ah, en el
pecho! Un bolsillo interior de su abrigo guardaba el juego de llaves. Lo
extrajo colgado de un par de sus afiladas garras, las del pulgar y el índice, y
decidió probar las dos llaves que parecían encajar en la cerradura de la
puerta. Con la primera le bastó, necesitando una sola vuelta del cerrojo para
entrar. Pasó dentro y empujó la puerta hasta que cerró. Rugió de alivio.
De repente fue consciente de que
se sentía seguro. Hacía lo menos tres meses que no tenía esa sensación. Buscó,
antes que nada, dónde podía dejar al detective. Encontró al lado derecho de la
sala principal una puerta que daba al que era el único dormitorio de la casa.
Allí parecía esperarle la cama, con un lado de las mantas levantado,
seguramente así desde que se despertara esa mañana su dueño. Miró alrededor,
pensando que no podía meterle en su cama con la ropa sucia y apestando a pis de
vaya uno a saber cuántas personas. A la derecha de ese mismo cuarto, tras otra
puerta, distinguió que estaba el servicio. Lo llevó hasta allí y lo tumbó en la
bañera, procurando no darle un golpe al reposar la cabeza en la cerámica.
Se quedó unos segundos mirándole,
en la completa oscuridad. Aunque él lo veía perfectamente. Le sacudió el pecho
el temor de que fuera a morirse. Ya había visto a más gente morir de tanto
beber. Pero escuchó atentamente, y su pulsación era tan regular como sus
ronquidos. No, no se iba a morir, el hombre. Sólo necesitaba descanso. Se
volvió hacia el lavabo, a su izquierda, y abrió un poco el grifo. Se quitó las
vendas impregnadas en sangre, dejando a la vista las largas uñas negras y
brillantes sobre sus flacos y largos dedos. Se lavó las manos, e inclinándose
un poco, alargó su potente lengua más allá de su leal ejército de dientes, y
lamió el chorro del grifo, varias veces. Se quitó el sombrero y se miró al
espejo.
No estaba acostumbrado a
enfrentarse a su propio reflejo. Hacía muchos años que se había encontrado
consigo mismo por primera vez en un reflejo, y aunque no se había asustado de
sí mismo, como les pasa a los animales, recordaba que había sentido que el del
espejo no era él mismo, si no un ente totalmente ajeno a él, y con propia
voluntad. Era una sensación terrible, pero al tiempo llena de esperanza, pues
si ése no era de verdad él, ese tampoco podía ser su aspecto. Pero al ir
creciendo comprendió que las cosas eran como eran, claro. Simplemente evitó
mirarse más a los espejos, y torcía la cara al intuir que podía verse reflejado
en alguna superficie. Pero en aquel momento, en casa del detective, volvió a
mirarse directamente. Y de nuevo le parecía increíble no ser como el resto de
las personas. Él no se sentía diferente. ¿Pero qué era eso? ¿Qué era él? ¿Qué
coño estaba mirando?
Sabía que su capacidad
sobrepasaba la de la gente común, pero no se consideraba un monstruo, a pesar
de su físico. Él había visto a la gente, y podían ser tan malos como él...
peores, en realidad. Había visto a la gente hacer cosas que él ni se atrevía a
recordar. Distinguía el bien del mal, y sabía de qué lado quería inclinar la
balanza. Él no era un monstruo, se decía... se lo preguntaba. Se lo preguntaba
a El Monstruo De Los Ojos Rojos del circo, el que le miraba ahora. “¿No soy un
monstruo, verdad?” Pero...
Pero la cara del policía estaba
sabrosa.
— ¿Qué estás haciendo, Jones? —Se
preguntó con un gruñido.
— ¡Eeeehhh! —Hizo el detective,
manoteando con su mano derecha la pared junto a la bañera y con la otra el aire
por encima del borde izquierdo— ¡Ay, cojones! ¿Dónde estoy?
—En tu casa, detective —le
informó el gigante, mirándole directamente. Dudaba que el hombre pudiera verle
en la penumbra, porque estaba mirando hacia todos lados con la mirada perdida.
O quizá es que ni siquiera intentaba mirar de verdad—. No te preocupes, amigo,
me largo ahora mismo, sólo estaba bebiendo un poco de agua...
—No, tío, no —balbució Nasser,
retorciéndose dentro de la bañera para ponerse de lado, sobre su hombro
izquierdo—. Quédate hasta mañana, es peligroso. Esos hijoputas... Quédate.
El detective dejó de moverse.
Parecía haber encontrado su postura adecuada para seguir durmiendo, con ambas
manos bajo la cara, apretadas contra el borde de la bañera.
— ¿Estás seguro? —Rugió Jones,
tímidamente, temiendo interrumpir su sueño etílico.
— Me has salvado de los
hijoputas. Quédate.
Y enseguida Elangel Pulois se puso de nuevo a roncar.
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